La biología apura la tecnología

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por Sergio Capozzi

En el año 1942 la temible flota de submarinos nazis hundieron 1155 navíos que llevaban alimentos y pertrechos desde América a Gran Bretaña y Francia. Luego del avance alemán sobre este último país, las tropas británicas se habían quedado solas para enfrentar el arrollador avance de los alemanes y se estaban quedando sin reservas para afrontar lo que sería la segunda parte de la guerra.

Al problema de logística debían sumar la deficiencia en las comunicaciones. El alto mando alemán se comunicaba con sus fuerzas, especialmente la submarina, a través de un sofisticado sistema encriptado que llamaban Enigma.

Gran Bretaña, jaqueada y al borde de la derrota, puso a un grupo de científicos a trabajar día y noche para descifrar los mensajes en clave. Este grupo estaba bajo las ordenes de Alan Turing. Ellos desarrollaron una proto computadora, un monstruo que ocupaba una superficie similar a una cancha de tenis en un castillo al norte de Londres. La llamaron La Bomba. Luego de muchos meses y gracias a un error que parecía menor, el operador alemán repitió una frase dos días seguidos, Turing y su equipo pudieron descifrar los códigos. Este fue un momento crucial, dicen los entendidos que el descubrimiento de Turing y su equipo acortaron la guerra en un par de años y  consecuentemente, salvaron millones de vidas.

La crisis y desesperación hicieron que los científicos buscaran soluciones que tal vez tenían en carpeta pero hasta ese momento no era urgente estudiar. En otras palabras, ante un acontecimiento que pone en jaque a la humanidad, la mente humana se esfuerza, saca recursos que ni siquiera sabía que tenía. En esos tiempos fue ante una guerra, ahora ante una pandemia, que viene a ser casi lo mismo, la diferencia es que la primera la produce la estupidez de los humanos y la segunda la naturaleza (y tal vez no tanto, si es cierto que el paciente Cero fue una persona que comió un murciélago infectado).

Escuchamos que el 70% de los trabajos que existirán dentro de treinta años aún no fueron creados. Eso, tal vez era cierto hace unos meses pero no hay dudas que este aislamiento social obligatorio está multiplicando exponencialmente nuestra dependencia de los dispositivos cibernéticos. La transición hacia la digitalización se ha acelerado hasta una escala de la cual no podemos imaginar cuál puede ser el techo de la virtualidad, si es que hay un techo y con ello ya se están creando puestos laborales inimaginables. Estamos en presencia de un cambio que no es acumulativo sino revolucionario.

La biotecnología, la informática, la robótica, la ingeniería de sistemas o de datos complete en un tiempo récord la revolución tecnológica que ya estábamos viviendo. Hoy las aplicaciones de nuestros teléfonos celulares se han convertido en una herramienta invalorable. Las consultas al médico y psicólogos se hacen por una aplicación. Las reuniones de trabajo, el contacto con lo familiares y amigos, home banking, esparcimiento, desde videos hasta juegos en red, e infinidad de otros campos. A esto podemos agregar la aplicación que ya tiene la policía para saber si efectivamente cuando uno dice en un control que va al súper, de verdad va a hacer las compras.

Sería muy extenso y no está en mi intención analizar si este Big Data hace que estemos ante un estado policiaco que limita nuestras libertades individuales, pero de hecho ya lo estábamos. La Inteligencia Artificial avanza a paso firme.

Esta pandemia va a terminar. ¿Cuándo? No lo sabemos, lo que si sabemos es que nada será igual. Nuestra dependencia con estas máquinas es irreversible, lo que antes era ciencia ficción hoy es realidad. Se va a modificar el contacto físico, ¿quién estaría dispuesto el día después a tomar un avión y permanecer encerrado trece horas junto a trescientos desconocidos?

Cuando la emergencia sanitaria termine, en plena crisis económica, deberemos evaluar cómo hemos modificado nuestra relación con el mundo físico y con el virtual. Google, Amazon, Facebook, Netflix, Mercado Libre, Zoom,  van a impulsar todavía más el desarrollo de la inteligencia algorítmica. También lo harán millares de emprendimientos vinculados no sólo al entretenimiento sino con la salud, educación, servicios comunitarios. El tráfico por internet se ha duplicado. Hasta las actividades deportivas están virando hacía los E Sports.

La pregunta que nos tenemos que hacer es si nuestros gobiernos, nacional, provincial y municipal, estarán a la altura de las circunstancias. Perdimos mucho tiempo en toda Latino América, la honrosa excepción puede ser Costa Rica. La preocupante y nefasta desigualdad social es una constante en la región. Cuando hablamos de pobreza no debemos limitarnos las dificultades para  acceder a la  vivienda y alimentos, el tema es más complejo. Tenemos que hablar de cloacas, agua potable y sobre todo educación.

¿Que van a hacer los municipios y las provincias, no sólo para poner en marcha la economía sino para pensar en nuestra sociedad dentro de diez o veinte años? Es probable que como reacción simple y rápida se recurra a viejas fórmulas, las keynesianas, obras públicas de menor envergadura, pavimentar calles, arreglar luminarias, limpieza de parques. Todas tareas que “no suman”, no van a evitar que la Argentina siga retrocediendo en el concierto de las naciones.

Cuando cayó el muro de Berlín  y posteriormente la U.R.S.S., los fineses también cayeron, pero en la desesperación. Había desaparecido el imperio que adquiría el 90% de sus productos. Ante esa situación la entonces Primera Ministra se dirigió al pueblo como un mensaje directo al corazón, al estilo Chrurchill, les dijo “podemos haber perdido nuestros mercados pero tenemos lo más valioso, nuestros cerebros”. En un par de décadas el mundo comenzó a mirar el sistema educativo de  Finlandia. En todos los países nórdicos el ejemplo se repite.

¿Qué haremos en la Argentina? El CEO de Mercado Libre, una empresa top a nivel mundial, se mudó a Uruguay. Mala señal. El comercio, sobre todo el minorista, va a cambiar para siempre, la sociedad va a cambiar para siempre como advierte Henry Kissinger, nuestra forma de conectarnos con la sociedad va a cambiar para siempre. El camino no será simple ni menos doloroso, es probable que la desigualdad aumente.

No nos enfrentamos a un dilema pues hay un solo camino, seguramente en Argentina hay muchos Turing que saben y están dispuestos a encabezar un ejército de científicos y docentes, posiblemente sea el último tren, no lo dejemos escapar.

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