Primer borrador del Reperfilamiento. Plazos, quita, interés y capital en sobre la mesa

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El futuro económico de la Argentina, se juega en los próximos meses del año.

Sin dudas y visto los picos diarios del riesgo país (superando los 3500) la deuda externa como esta, no tiene ningún grado de credibilidad por parte del mercado. La tarea del Ministro Martin Guzman realmente es titánica, y el impacto del coronavirus en la economía hace que diariamente el contexto cambie, y lo que parecía imposible hace unos días, hoy es probable.

El tal sentido el periodista Carlos Burgueño (de Ambito) anticipo, el Gobierno hizo el lunes pasado el primer movimiento serio para avanzar en la reestructuración de deuda. Y también la primera pista abierta para conocer cuál es la intención oficial sobre la quita que se les ofrecerá a los acreedores privados: aproximadamente 55%.

El dato surge de un movimiento concreto. El estudio de abogados norteamericano Cleary, Gottlieb, Steen & Hamilton (CGS&H), un clásico argentino, emitió el pedido formal a nombre del país al Financial Industry Regulatory Authority (FINRA), la autoridad que deberá autorizar la eventual emisión de deuda, para la colocación de nueva deuda por unos u$s31.652.645.202 para rescatar el pasivo con legislación exterior emitido desde 2005 hasta 2019.

Ese dinero, comparado con el total de u$s68.842.528.826 que el Gobierno reconoció como los bonos a negociar representaría una quita lineal de 55%, al menos el cuanto al capital adeudado.

Obviamente se trata de un porcentaje que, cuando se confirme, generará un rechazo visceral entre los bonistas con los que se negociará la reestructuración.

Sin embargo, al tratarse de la primera propuesta que se le hará a los acreedores, podría ser mejorada al iniciar las negociaciones. El gobierno podría discutir los intereses a pagar por la nueva emisión de deuda. Desde el “albertismo” se considera esta opción la más favorable, quizá, para a las dos partes.

Para la Argentina implicaría la reducción sustancial de la deuda real con legislación en el exterior. Se considera además que el momento de los mercados mundiales generados por la crisis del coronavirus, con tasas de la Fed a cero e inversores espantándose de los bonos locales e internacionales; podría generar cierta demanda en los acreedores si el país ofrece intereses cercanos al 6 o 7%, una rentabilidad hoy inexistente en el mundo de la pandemia.

Todas las dudas comenzarán a dilucidarse cuando comience a aplicarse la nueva versión del cronograma oficial de renegociación de deuda, que ayer oficializó Economía. La fecha original había vencido el lunes pasado; dentro de un cronograma que ya tenía un delay de tres semanas y que, si se hubieran cumplido todos los tiempos estipulados en el momento de ser anunciado, debería haber cerrado todo el proceso el 31 de marzo.

Con el cierre del canje y el eventual apretón de manos entre el gobierno y los acreedores incluido. Se sabía hasta hace 10 días que el cumplimiento era difícil. Casi imposible. Luego del primer lunes negro del 9 de marzo pasado, directamente esa alternativa se transformó en una utopía. Lo más probable ahora es que el Gobierno de Alberto Fernández se tome todo abril para avanzar sobre el proceso, y que recién hacia fin del próximo mes haya algún panorama concreto de los tiempos para cerrar la complejísima operación.

Hay un límite teórico. El 7 de mayo Argentina debe pagar unos u$s1.374 millones correspondientes a un pago del Bonar 24; bono incluido en el proceso de canje y que, si no hay arreglo, debería ser liquidado con reservas del Banco Central. Sería entonces decisión del Presidente, en el caso que las negociaciones continúen y no se haya alcanzado el mínimo indispensable del 75% de aceptación obligatoria, ordenarle a Miguel Ángel Pesce que libere el dinero o, opción B, ingresar en default.

Esta lamentable situación igualmente no sería inmediata. Las normas del sistema financiero internacional le dan un plazo de 30 días más a un deudor en problemas para que complete el pago. El plazo máximo sería entonces el sábado 6 o, técnicamente, el lunes 8 de junio. Según una fuente del oficialismo, “tiempo hay”. Completa el pronóstico afirmando que “mientras tanto se irá aclarando el panorama generado por la crisis financiera, que aún no sabemos si los ayuda o perjudica”.

Así, el Gobierno reconoce algo hoy innegable: el proceso de reestructuración de deuda, en medio de la megacrisis, implica una enseñanza para todos los actores interviniente. Tanto acreedores como deudores. Esto, a su vez, dependerá de la evolución de los precios de la deuda argentina a renegociar, en medio de una catástrofe financiera que llevó las cotizaciones de los títulos públicos más cerca del 30% que del 40% de límite para que la eventual oferta argentina sea potable.

Lo preocupante para el país, es que la aparición del Cisne Negro del coronavirus, provocó la perforación del límite psicológico del 40%, con lo que los precios ahora sí son potables para los únicos demandantes en escena: los fondos buitre que desde hace 10 días ya están con su mira en Buenos Aires. Estos, en su versión moderna, ya vienen diseñando su cál; para conocer el momento exacto en que comenzar a comprar deuda argentina sería un buen. El cálculo exacto que hicieron los fondos buitre, es el mencionado anteriormente: por arriba de 40% no hay posibilidades de éxito; entre 35 y 40% puede ser rentable, por debajo de 35% es un éxito asegurado. Los bonos cotizan hoy cerca del 30%.

Estos fondos venían monitoreando la proyección de los valores de los precios locales de los bonos desde fines de enero. En algunas jornadas (Bono Dual y deuda de la provincia de Buenos Aires entre el 5 y el 12 de febrero) se convencían que el desembarco era posible. Otros días (la designación del HSBC y el Bank of America como agentes financieros entre el primero de marzo) se desilusionaban y consideraban que la quimera de volver a enjuiciar al país era imposible. Muchos estuvieron incluso la semana pasada a punto de abandonar la eventual batalla,
ante cotizaciones de la deuda argentina cerca del 50% y cálculos de posible presencia de bancos internacionales fuertes demandantes de esos títulos.

Sin embargo, curiosamente, un “golpe de suerte” los despabiló. El “lunes negro” del pasado 9 de marzo, que combinó el coronavirus con la inoportunísima guerra petrolera entre Arabia Saudita, generó una debacle generalizada en los mercados mundiales que inevitablemente contagió a los activos argentinos; llevando la cotización de los bonos a reestructurar por debajo del 40%, estacionándose, por ahora, en el 35%.

Inmediatamente las computadoras se encendieron, los cañones enfocaron a Buenos Aires, y comenzaron a llover las ofertas a los pequeños fondos de inversión tenedores de deuda argentina.

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